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¿Libertad al usuario?

Todos recordamos este simpático speech de aquel pelilargo y pollerudo William Wallace clamando por la libertad del pueblo escocés. Freedooom! Freedooom!

En fin, a raíz del artículo ¿Tiene el usuario todo el control sobre la interfaz? que escribió nuestra amiga Verónica Traynor acerca de la libertad que se debe dar al usuario cuando se proyecta una interfaz, se me ocurren algunas ideas que intentaré listar a continuación.

De buenas a primeras, lo primero que me viene a la mente es «no»: un acto reflejo me dice que no es bueno darle absoluta libertad sobre una interfaz al usuario pero inmediatamente después siento una molestia, algo así como una picazón en el omóplato, y que tiene que ver con la maldita costumbre —que tenemos muchos— de construir generalizaciones, soluciones universales y respuestas todo-terreno que no hacen otra cosa que concentrarse en la cuestión formal (morphé) del problema, quitando importancia a su materia (hylé). Por lo tanto, si me permiten, haré una breve divergencia en mi relato acerca de la libertad del usuario y hablaré de esto otro, sólo por un ratito. Ya vuelvo.

La sobreestimación de lo formal

Hace ya varios meses que tengo esta picazón que comentaba. En principio, la molestia viene de situaciones como la siguiente: ocurren los hechos A y B, por ejemplo, y las personas se empujan y apuran a establecer una regla universal de lo que se debe hacer en dichos casos (A y B), pero también en todos los demás: el resto de los casos similares que hay en el universo, entonces…

  • Resulta que acontece esta explosión de datos confidenciales gracias a las maniobras de Wikileaks y de pronto todos creemos que es mejor que toda la información sea pública y esté a la vista. Sí, en un primer momento también yo lo creo así. Pero, ¿toda la información? ¿No habrá que analizar caso por caso? Mientras tanto ponemos el grito en el cielo cuando el gobierno de USA pide a Twitter datos de Julian Assange (al margen: Twitter, en una movida admirable y sin precedentes, defendió a sus usuarios no enviando los datos al gobierno norteamericano ¡Vamo’ Twitter!). No estoy criticando a Wikileaks —de hecho me provoca cierta simpatía—, simplemente me pregunto si podemos establecer una regla universal al respecto. Yo creo que no. Para ser franco, no quisiera mis mails personales dando vueltas públicamente por ahí. ¿Dónde está el límite? ¿Sólo en el carácter personal o gubernamental de los datos? ¿Quién decide cuáles datos deben mostrarse y cuáles no? Quizás sea útil que cierta información sea pública, como el manejo de dinero de los gobiernos, y que otro tanto no lo sea.
  • Sobre las clases de la facultad: es cierto que la bajada de línea en teóricas y clases de taller no suele ser un buen proceso de aprendizaje para los estudiantes, cuyo mayor valor debiera ser el descubrimiento y la creación de conocimientos propios, junto con la formación de una fuerte capacidad crítica. Sin embargo hay situaciones en las que una cátedra debe bajar línea, y en todo caso analizar más adelante el resultado con el debido cuidado. Algunos preconceptos podrán reverse más tarde, o criticarse, o modificarse. Existen diferentes estadíos de maduración de un estudiante: cuando uno estudia necesita construir ciertas estructuras de pensamiento fuertes, aunque más no sea para luego tirarlas abajo; un alumno no podrá hacer una revisión y valoración crítica de sus estructuras de pensamiento si todavía no ha logrado construir esas estructuras.
  • Cuando de diseño se trata: si la importancia radica en el proceso o en el resultado, en la etapa proyectual, o en el objeto terminado. ¿No será, digo yo, que habrá que analizar cada caso?

¿Será que en temas como estos y otros cientos, estamos dando demasiada importancia a la estructura, a la forma, y nos olvidamos del contenido? ¿Acaso ese contenido, que rellena cada situación particular con personas, contexto, historia y posibilidades a futuro, no es al menos tan importante como la estructura del problema particular que se está analizando?

Y entonces yo me pregunto: ¿Podemos seguir estableciendo reglas generales a base de enunciados muy escuetos que sólo plantean un problema como estructura, sin un análisis del caso en particular?

Es un poco de esta época, sip. Y aquella sensación de que la ciencia es esa cosa simple y un tanto graciosa que nos cuenta la sección de Ciencia y Salud del diario La Nación. Donde se extraen conjeturas sobre la raíz genética de cosas tales como la infidelidad a partir de experimentos con ratas de laboratorio. Está muy bien, es el proceso inductivo típico de la ciencia occidental llevado a su máximo y peor exponente.

Yo, sin embargo, confío en que —a pesar de sus falencias— la ciencia occidental todavía tiene mucho para dar, y que no se trata todo de genes, adúlteros y simpáticos roedores.

Luego de esta breve pausa…

Volviendo al asunto de la libertad del usuario de una interfaz, decía que mi primera impresión es que, a priori, otorgar al usuario la libertad absoluta de obrar sobre la interfaz no es una buena idea. En tantísimos casos —cuando usuarios— no tomamos las decisiones correctas estando al mando de una interfaz. Es nuestro trabajo, en tanto diseñadores (o UXores, o como fuere), establecer los límites en los cuales el usuario puede actuar: debemos prever casi todos sus movimientos y sus combinaciones de movimientos y evitar que pueda llegar a donde no queremos. Los caminos que no deseamos no deben ser parte de la interfaz: no deben formar parte del universo de posibilidades de dicha interfaz.

Ahora bien, que no panda el cúnico, sé que todo esto suena a postura filosófica, o peor: política si se quiere. Pues bien, aquí es donde mi largo intermedio toma importancia. NO. No me estoy refiriendo a lo que puede o no puede hacer un ciudadano, ni tampoco a lo que debe o no debe prohibírsele a un niño en la escuela primaria. Tampoco de coartar las posibilidades artísticas y/o de violación de una herramienta por parte de una persona con sensibilidad poética. Estoy hablando de un usuario ante una computadora con una interfaz (gráfica, por lo general) de software.

Y aún así, retomando todavía con mayor fruición mi intermezzo, habrá que ver cada caso. Por ejemplo: es muy probable que en las aplicaciones profesionales sí sea útil dar mayor libertad al usuario; aquí habrá que definir oportunamente qué es una aplicación profesional, establecer niveles de profesionalidad, etc. No es mi intención ahondar en este asunto ahora: mi tendencia a estirar el texto es algo infernal. Estoy fuera de control.

Un caso particular: MySpace

Hace poco, si creemos lo que se decía en varios sitios web, MySpace estaba a punto de prescindir del 60% de sus empleados.

He aquí un artículo que pueden leer en mayor detalle si tienen ganas, pero sucintamente esboza la siguiente idea: el fracaso de MySpace se debió, entre otras cosas, a la libertad con la que sus usuarios podían configurar y personalizar sus portales web personales: esto ocasionó que la gran mayoría de las páginas de esta inmensa red de contenidos fuesen espantosos atentados a la vista de los transeúntes cibernéticos (seguramente habrán tenido la ocasión de experimentarlo).

Supongo, entonces, que no podemos establecer una afirmación general de si conviene, o no, darle la libertad completa sobre la interfaz al usuario: habrá que analizar cada caso en particular, con sus características y condicionantes específicas.

Por lo demás, ojalá pueda el pueblo escocés —si quiere— lograr su independencia y soberanía algún día. Salutes!