(Este post podría ser una continuación de “El diseño no es una cuestión estética“.)
Los no-diseñadores están habituados a percibir el diseño como algo artístico. Los diseñadores estamos acostumbrados a escuchar —y a creer, porque en definitiva se trata de una cuestión de fe— que “el diseño no es arte”. En cierto momento de la vida de algunos diseñadores el intríngulis entre lo que es diseño, arte, o ambos vuelve a aparecer; a veces con una tendencia hacia un lado, otras hacia el otro, otras en la forma de una inquietud constante que no se termina de definir. Yo creo que la no-definición de esa incógnita es saludable, siempre y cuando se aleje de la visión superficial que juzga artística la actividad de diseño.
La seguridad de los diseñadores modernos —aunque a veces roce la testarudez— es envidiable. Tener fe en que la dimensión funcional del diseño es la que rige (y debe regir) el proceso proyectual es un lujo que otorga una determinación y una firmeza de pulso digna de admiración. Pone al diseñador en un lugar heroico, muy de corte romántico: nos convierte (diseñadores) en algo así como desinteresados y temerarios salvadores de la humanidad toda. Very nice.
Sin embargo, como dije en mi post anterior, al pensar el diseño en el terreno de lo útil únicamente algo hace ruido. ¿Puede, un sujeto, realizar un proceso intelectual, de significación, de formalización, de invención, y hacerlo de manera tal de obstaculizar por completo la aparición de situaciones inconscientes que impregnarán la obra en forma de sublimación? ¿Puede, el objeto proyectado por un sujeto, permanecer virgen de forma tal que la relación entre forma, función, contexto cultural y entorno objetual definan el objeto en su totalidad sin la contaminación subjetiva del autor/diseñador? Y por otro lado, ¿puede un usuario ejecutar acciones con dicho objeto únicamente en términos de utilidad, dejando de lado la proyección que él mismo realiza sobre el objeto, en función de su duración (en palabras de Bergson), su goce y sus expectativas personales? Yo creo que no.
Pensemos en diseño industrial (haré una simplificación, lo sé, pero una simplificación que me será útil momentáneamente): ¿Cuántos modelos de sillas son suficientes para cubrir las necesidades de la totalidad de la población en términos funcionales? ¿Cuántos diseños de pavas para hervir el agua del mate? Hablemos ahora en términos de diseño gráfico: ¿Cuántas familias tipográficas alcanzan para cubrir las necesidades funcionales que un texto requiera? Massimo Vignelli dirá, en el film documental Helvetica, que una docena de tipografías es ya suficiente.
Las sillas, los edificios, las grandes obras arquitectónicas y las pequeñas, las familias tipográficas, la vestimenta: no están allí únicamente para cumplir la función de albergar, comunicar o abrigar; están allí también como vehículo de valores, como material significante que participa activamente del flujo de mensajes que da forma a nuestra sociedad y a nuestra cultura. Son objetos que, en tanto operan con un valor estético meditado, dejan ver algo de la esencia misma del hombre —en términos kantianos—, permiten intuir lo que de otro modo sería imposible ver o conocer. Un transatlántico a punto de zarpar nos dice mucho, nos enriquece, nos ilumina quizás más que la vista de una obra pictórica renacentista; nos eleva y nos abruma con su inmensidad; no se trata de un mero transporte de personas. La forma del objeto-transatlántico tiene un potencial significante enorme que da cuenta de la inmensidad a la que arroja al hombre.
Admitir que el diseño —o las piezas de diseño— pueden analizarse a nivel estético, es muy parecido a decir que diseño es arte, pero allí está la complejidad de todo el asunto. ¿Qué significa que el diseño es arte? Aguí algunas posibilidades de significado:
- Diseño y arte son la misma cosa.
- El arte es una categoría más amplia, que incluye el diseño.
- El diseño es una categoría más amplia, que incluye el arte.
Es complejo, porque ninguna es satisfactoria. La misma definición de arte ha sido materia de preocupación de pensadores, filósofos y estetas durante siglos. Lo mismo ocurre con la definición de diseño, pero con menos historia por el momento. Pensar que la una es sub-categoría de la otra es también extraño. Los límites del campo del arte y del diseño son difusos y es ahí, en la zona de límite, que suceden los fenómenos interesantes y surgen las dudas más complicadas de solucionar.
Cuando digo que el diseño es, también, una cuestión estética, lo hago pensando en lo estético en toda su profundidad, y no en el sentido artístico superficial que comenté al principio de este texto. Lo estético, la belleza —y también la fealdad— nos conecta con el más allá de la existencia humana. Eso.



