Por qué alemán?

Hace algún tiempo me embarqué en el estudio del idioma alemán y resulta ser que cada persona que se entera del asunto me pregunta exactamente lo mismo: ¿Por qué alemán?

Mi relación con el idioma es cuanto menos complicada, como se imaginarán; especialmente teniendo en cuenta que mis primeros intentos comenzaron solo, sin una guía formal ni clases (estos últimos cuatro meses finalmente me rendí y comencé las clases). En fin, al grano. Les dejo aquí un breve texto del amigo Martin Buber por si ayuda a contestar la pregunta.

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Para aclarar voy a escoger el concepto de culpa (Schuld: Recuérdese la nota a propósito de la misma palabra empleada por Nietzsche. En alemán Schuld significa a la vez culpa y deuda.). Heidegger, que siempre arranca de la “cotidianidad” (de la que ya nos ocuparemos), parte en este caso de la situación que le ofrece el idioma alemán, en el que se dice que alguien le debe a otro (schuldig ist), y luego de la situación en que alguien debe responder de algo (an etwas schuld ist), y pasa de aquí a considerar la situación en que alguien se hace culpable respecto a otro (schuldig wird), esto es, que causa una deficiencia en la existencia de otro. Pero también en este caso tenemos un estar en deuda o culpa (Verschuldung) y no ese ser culpable genuino y original de donde surge y que lo hace posible. El ser culpable genuino consiste, según Heidegger, en que la Existencia misma es culpable. La Existencia es culpable —deficiente, deudora— en el fondo de su ser. Y, ciertamente, la Existencia es culpable, debe, porque no se logra, no cumple consigo misma, porque permanece estancada en eso que llamamos lo “general humano”, el “Se” (das Man: Se sustantiva y convierte en personaje lo “humano en general”, el se de “se piensa”, “se dice”, “se muere”. ¿Quién piensa?: se piensa.), y no trae a ser al yo genuino, el “mismo” del hombre (uno mismo). En esta situación se oye la voz de la conciencia. ¿Quién llama? La Existencia misma es la que llama. “La Existencia se llama a sí misma en la conciencia”. La Existencia, que no ha llegado a ser “ella misma por deficiencia —deuda, culpa— de la Existencia, se llama a sí misma, da voces para que recuerde al “mismo”, para que se libere para poder llegar a ser “uno mismo” pasando de la “inautenticidad” a “la autenticidad” de la Existencia.

Tiene razón Heidegger al decir que para comprender cualquier relación de culpa hay que acudir a una culpabilidad primordial. Tiene razón al decir que somos capaces de descubrir la culpabilidad primordial. Pero no lo podremos hacer si aislamos una parte de la vida, aquella en que la existencia se comporta consigo misma con su propio ser sino, por el contrario, percatándonos íntimamente de la vida entera sin reducción alguna, de la vida en que el individuo se comporta, esencialmente, respecto a otras cosas que no son él mismo.

La vida no se despliega precisamente cuando yo juego conmigo mismo este misterioso juego de ajedrez, sino cuando me encuentro colocado en la presencia de un ser con el que no he concertado ninguna regla de juego y con el que tampoco se podría concertar. La presencia del ser, ante el que estoy colocado, cambia su figura, su apariencia, su revelación, es diferente que yo, a menudo espantosamente diferente, y distinto a como me lo había figurado, a menudo espantosamente distinto. Si salgo a su paso, si acudo a él, si me encaro con él, realmente, esto es, con la verdad, de todo mi ser, entonces y sólo entonces estoy yo “auténticamente” ahí; estoy ahí si realmente estoy ahí y la localización del “ahí” dependerá, en cada caso, menos de mí que de esa presencia del ser que cambia su figura y manifestación.

Cuando no me hallo realmente ahí soy culpable. Si al llamamiento que me hace el ser presente: “¿Dónde estás?”, respondo: “Aquí estoy”, pero no estoy de verdad ahí, es decir, que no estoy con la verdad de todo mi ser, entonces soy culpable. La culpabilidad primordial es ese quedarse-uno-en-sí. Si una figura y manifestación del ser presente pasa por delante de mí y yo no estaba en verdad ahí, entonces, desde la lejanía donde se esfuma me llega un segundo llamamiento, tan callado y recóndito que parece provenir de mí mismo: “¿Dónde estabas?” Ésta es la voz de la conciencia. No es mi Existencia la que me llama sino el ser, que no soy yo, es quien me llama. Pero ya no puedo responder sino a la figura próxima; la que habló ya no es alcanzable. (Esta figura próxima puede ser, a veces, el mismo hombre, pero en una manifestación distinta, ulterior, cambiada.)

Tomá mate… oder Bier.

Martin Buber, ¿Qué es el Hombre?, “La doctrina de Heidegger”, parte 3.

4 Responses

  1. Diana dice:

    Me mata la letter gothic roja sobre fondo verde… parece del opart x el efecto que produce en los ojos.. pero no se lee!!!

  2. Hola Diana! Créase o no, a veces estoy en busca de “lo feo”, “lo roto”, “lo inútil” en la experimentación de diseño. Es un mambo particular. Al tratarse de mi sitio web personal —en vez de laboral— no me preocupo demasiado por su utilidad, sino más bien por la experimentación de código y gráfica… en este sentido, tenés toda la razón! Pero es parte de mi búsqueda inútil! :-)

    Es probable que pronto escriba un post al respecto.

    Gracias por tu comentario!

  3. silvia dice:

    Si el proceso significativo del hombre fuera siempre pasar de ser en sí, en convertirse en para sí, si nuestra búsqueda humana se direccionara a tomar conciencia no sólo de nuestra existencia sino del Otro, del valor indudable del otro que me constituye, nada de lo que conocemos sería tal como lo percibimos hoy.

    Un abrazo Luke.

  4. Gracias por tu comentario Silvia!
    Mucha data en pocos renglones, lo voy a leer detenidamente :-)

    Abrazo!

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